Érase una vez, en un futuro muy remoto, un hombre llamado Viator. Éste, desde niño, sentía una inevitable atracción por todo lo relacionado con la Astronomía: se podía quedar noches enteras mirando el cielo con su telescopio, absolutamente fascinado por las estrellas, planetas, satélites y demases que se erguían en el firmamento.
Ni el mismo Viator podía explicar las razones de esta afición: en su familia, nadie era asiduo a estas prácticas, y nunca tuvo algún maestro o amigo que le inculcara esto; simplemente, era algo que le gustaba.
Viator se fue haciendo adulto, pero el paso de los años no fue apagando esta devoción; más bien ocurrió todo lo contrario: llegó a un punto en el que no había nada más en el mundo que le interesara. Fue así como se volvió un ermitaño, que habitaba en una casa solitaria, en lo alto de un monte, lejos de la ciudad.
Una noche, mientras contemplaba el Cosmos, Viator descubrió lo que siempre buscó, pero que desconocía: la causa de su, en apariencia, descabellado estilo de vida. Y el leitmotiv de su existencia, era que no, se encontraba allá, en lo alto: se trataba de una estrella. Pero no era un cuerpo celeste cualquiera: tal vez, alguien poco familiarizado con el Espacio, sólo habría visto un astro común y corriente; pero, para Viator, éste brillaba de una manera muy especial, que nunca antes había visto.
Bautizó dicha estrella con el nombre de "Fatum". La fascinación por ella fue tal que comenzó a dedicarse, día y noche, a un plan que a cualquier otro podría haberle sonado disparatado: un viaje espacial, obviamente, con destino a Fatum.
El embarcarse en tal periplo era irracional no sólo por lo extenso del viaje, sino también por la incerteza de lo que podía ocurrir después de llegar a destino: Fatum se encontraba en una zona del Espacio en la que no habían áreas habitables en sus cercanías. Esto hacía muy difícil que Viator pudiera regresar a salvo a tierra firme luego de cumplir su misión. Sin embargo, a él no parecía importarle: estaba absolutamente encandilado por su proyecto.
Por esta necesidad, volvió a establecer contacto con la civilización, pero sin nunca perder el Norte que lo movía: durante años, aprendió todo lo existente acerca de las ciencias del Universo, y trabajó duramente para lograr financiar su odisea.
Pasaron décadas antes de que llegara el gran día: Viator tenía su nave espacial terminada y lista para el viaje. El despegue lo realizó desde el mismo monte en el cual tenía su casa. Algunas aves, que anidaban en un árbol cercano, fueron las únicas testigos.
Fatum se encontraba a una distancia considerable: eran varios años luz lejos de la Tierra. En épocas anteriores, llegar a la meta habría sido una empresa imposible; sin embargo, Viator había estudiado arduamente para desarrollar una tecnología que le permitiera a su navío alcanzar grandes velocidades.
En la primera parte del recorrido no ocurrieron grandes incidentes. Pero, a mitad de camino, ocurrió un terrible imprevisto: un meteorito impactó en la astronave. Este incidente le produjo un daño que no logró detener su rumbo, pero sí enlentecer significativamente su velocidad.
Viator aún tenía la opción de volver a la Tierra, pero se mantuvo incólume: jamás siquiera dudó acerca de que debía continuar su camino.
Y así estuvo durante muchísimos años: sin más compañía que el señorial silencio del Espacio, viajando hacia algo que sólo conocía desde lejos, pero que sentía como parte suya.
Viator ya era un anciano moribundo cuando ocurrió el momento: llegó, en su nave espacial, al punto de destino. Sin embargo, ocurrió algo trágicamente sorprendente: en aquellas coordenadas no había nada, tan sólo vacío. El hombre se quedó estupefacto, sin respuesta alguna, hasta que dio con la explicación (que, insólitamente, no había considerado antes de partir): si Fatum era una estrella que se hallaba a varios años luz de la Tierra, probablemente ya se había extinguido hace un tiempo, siendo esa luz que veía desde el planeta sólo destellos del pasado. La luminosidad que había llegado a sus ojos era el efímero centelleo de una vida que ya había llegado a su fin antes de que él pudiera observarla.
Ya nada se podía hacer: Fatum ya no existía y la nave no contaba con suficiente combustible para emprender el viaje de vuelta. Aunque Viator no tenía ninguna intención de regresar: ya agonizante, pensó en cuál sería el último acto de su vida. Y lo encontró en el cargamento de explosivos que llevaba en su cohete.
El resplandor fue majestuoso: por un período, difícil de definir a escala humana, muchas galaxias pudieron apreciar la iluminación que marcaba el fin de una vida y el principio de otra. Aunque fueron de tiempos distintos, Viator había logrado, por fin, ser uno con Fatum: un brillo intenso y alucinante, expandido por todo el éter, el cual, tal vez, lograría servir de inspiración para algún otro distante observador.
Una noche, mientras contemplaba el Cosmos, Viator descubrió lo que siempre buscó, pero que desconocía: la causa de su, en apariencia, descabellado estilo de vida. Y el leitmotiv de su existencia, era que no, se encontraba allá, en lo alto: se trataba de una estrella. Pero no era un cuerpo celeste cualquiera: tal vez, alguien poco familiarizado con el Espacio, sólo habría visto un astro común y corriente; pero, para Viator, éste brillaba de una manera muy especial, que nunca antes había visto.
Bautizó dicha estrella con el nombre de "Fatum". La fascinación por ella fue tal que comenzó a dedicarse, día y noche, a un plan que a cualquier otro podría haberle sonado disparatado: un viaje espacial, obviamente, con destino a Fatum.
El embarcarse en tal periplo era irracional no sólo por lo extenso del viaje, sino también por la incerteza de lo que podía ocurrir después de llegar a destino: Fatum se encontraba en una zona del Espacio en la que no habían áreas habitables en sus cercanías. Esto hacía muy difícil que Viator pudiera regresar a salvo a tierra firme luego de cumplir su misión. Sin embargo, a él no parecía importarle: estaba absolutamente encandilado por su proyecto.
Por esta necesidad, volvió a establecer contacto con la civilización, pero sin nunca perder el Norte que lo movía: durante años, aprendió todo lo existente acerca de las ciencias del Universo, y trabajó duramente para lograr financiar su odisea.
Pasaron décadas antes de que llegara el gran día: Viator tenía su nave espacial terminada y lista para el viaje. El despegue lo realizó desde el mismo monte en el cual tenía su casa. Algunas aves, que anidaban en un árbol cercano, fueron las únicas testigos.
Fatum se encontraba a una distancia considerable: eran varios años luz lejos de la Tierra. En épocas anteriores, llegar a la meta habría sido una empresa imposible; sin embargo, Viator había estudiado arduamente para desarrollar una tecnología que le permitiera a su navío alcanzar grandes velocidades.
En la primera parte del recorrido no ocurrieron grandes incidentes. Pero, a mitad de camino, ocurrió un terrible imprevisto: un meteorito impactó en la astronave. Este incidente le produjo un daño que no logró detener su rumbo, pero sí enlentecer significativamente su velocidad.
Viator aún tenía la opción de volver a la Tierra, pero se mantuvo incólume: jamás siquiera dudó acerca de que debía continuar su camino.
Y así estuvo durante muchísimos años: sin más compañía que el señorial silencio del Espacio, viajando hacia algo que sólo conocía desde lejos, pero que sentía como parte suya.
Viator ya era un anciano moribundo cuando ocurrió el momento: llegó, en su nave espacial, al punto de destino. Sin embargo, ocurrió algo trágicamente sorprendente: en aquellas coordenadas no había nada, tan sólo vacío. El hombre se quedó estupefacto, sin respuesta alguna, hasta que dio con la explicación (que, insólitamente, no había considerado antes de partir): si Fatum era una estrella que se hallaba a varios años luz de la Tierra, probablemente ya se había extinguido hace un tiempo, siendo esa luz que veía desde el planeta sólo destellos del pasado. La luminosidad que había llegado a sus ojos era el efímero centelleo de una vida que ya había llegado a su fin antes de que él pudiera observarla.
Ya nada se podía hacer: Fatum ya no existía y la nave no contaba con suficiente combustible para emprender el viaje de vuelta. Aunque Viator no tenía ninguna intención de regresar: ya agonizante, pensó en cuál sería el último acto de su vida. Y lo encontró en el cargamento de explosivos que llevaba en su cohete.
El resplandor fue majestuoso: por un período, difícil de definir a escala humana, muchas galaxias pudieron apreciar la iluminación que marcaba el fin de una vida y el principio de otra. Aunque fueron de tiempos distintos, Viator había logrado, por fin, ser uno con Fatum: un brillo intenso y alucinante, expandido por todo el éter, el cual, tal vez, lograría servir de inspiración para algún otro distante observador.
