
En una calurosa tarde de verano en mi casa, encontré un curioso objeto tras la puerta de la pieza de mi hermana: se trataba de un pequeño espejo, con un vistoso marco azul. Movido por mi incesante y casi infantil curiosidad, lo tomé y lo llevé al baño, con el objetivo de presentarle a uno de sus hermanos, el cual vive permanentemente en ese lugar.
Al hacer la presentación, sucedió lo inesperado: ambos hermanos, en señal de agradecimiento, me invitaron a hacer un viaje. Yo agradecí la propuesta, pero me excusé de llevarla a cabo, argumentando que ya había estado suficiente tiempo lejos de mi hogar y que no era muy prudente iniciar un nuevo periplo cuando las vacaciones ya están llegando a su fin. Sin embargo, hicieron oídos sordos a mi respuesta (o, mejor dicho, me di cuenta de que no tenían oídos: al fin y al cabo, eran espejos). Acto seguido, me abrieron una puerta, la cual jamás había percibido, pero que siempre había estado ahí y en todos lados, silenciosamente omnipresente. En ese momento, comprendí que no era necesario planificar más días de vacaciones ni preocuparse del dinero para pagar algún pasaje. Ni siquiera había necesidad de salir de ahí. Pensé en los niños, que quieren hacer el mismo juego una y otra vez; pensé en los adultos, que gustan de ver las fotos de algún evento memorable; pensé en las canciones, que no son más que partes que se repiten una y otra vez (y las canciones, a su vez, las repiten una y otra vez en la radio, y así entran en nuestra mente); pensé en los mundiales de fútbol, que siempre se juegan cada 4 años; pensé en los alcohólicos, que siempre están pensando en volver a beber; pensé en los escolares que entran y salen del colegio, en los universitarios novatos y en los ya titulados, y en que cada año sucede eso; pensé en la gente que nace y en la que muere; pensé en los seres de la mitología, que no son más que mezclas de seres ya existentes en el mundo; pensé en el día y en la noche; pensé en los planetas girando alrededor del Sol; y pensé en que yo había estado pensando durante todo ese rato: no había parado de pensar. Había hecho eso una y otra vez. Fue ahí cuando comencé a darme cuenta.
Dentro de mi mente, avancé hacia el mañana, luego hacia el pasado mañana, y después al mañana del pasado mañana…hasta que me cansé. Ya no habían dudas: no había escapatoria. Estaba atrapado: ¡siempre había un después!
Luego de experimentar esta singular vivencia, me dirigí, ansioso, hacia la sala donde estaba el computador, con el objetivo de escribir y compartir, vía Internet, las ideas que habían invadido mi mente. Hasta que me di cuenta de que ello era imposible: el espacio para escribir aquí tiene un límite de palabras…
2 comments:
Bueno e inquietante...
infinitamente inquietante...
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